5 cosas a las que no he renunciado al convertirme en madre

No, no hay manera de convertirse en madre y salir del hospital con un “aquí no ha pasado nada”. Pasa algo, y mucho, pero aunque la guerra la gane tu yo-madre, es importante conceder alguna victoria esporádica al yo-persona de tu vida anterior.

Parir un Intruso es como empezar las prácticas con un jefe tirano y un móvil de empresa: te exigen disponibilidad las 24 horas del día y al principio estás nada muy mal remunerada, pero a medida que pasa el tiempo vas ascendiendo en la compañía y puedes acabar siendo una empleada bien situada y feliz. En mi caso, sobreviví a mi periodo de prácticas negándome en redondo a renunciar a algunas pequeñas cosas a las que me aferré como se pegan dos muslos en verano.

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  1. Cuidarme. A ver, tampoco es que ahora me vista cada día como si fuera a desfilar en Cibeles, básicamente porque tampoco lo hacía antes. Pero antes de parir ya tenía claro que, si quería librarme de una depresión durante el postparto de carnes trémulas, tendría que dedicar unos minutos del día a mí y mi apariencia. Que yo oía historias de terror de madres que no se duchaban, no se peinaban, no vestían más que chándal y habían olvidado lo que eran unas pinzas de depilar, y me entraba la llorera al pensar en ese futuro de mujer Chewbacca que me esperaba. Así que cuando nació El Intruso me puse firmes con mi yo interior y me obligué a ducharme cada mañana aunque El Intruso estuviera en modo alarma antiincendios, me hidrataba la piel y no salía de casa si el vómito cubría más del 15% de mi ropa. Recuerdo un día en que llevé esa filosofía al extremo y, una tarde de sábado en la que sentí que mi cabeza iba a explotar, dejé a El Intruso con El Padre y me escapé 2 horas de compras sólo para hacerme la falsa ilusión de que volvía a ser una persona normal. Acabé en un probador de El Corte Inglés probándome un vestido de gala largo hasta los pies, dorado y con un escote en la espalda que llegaba hasta el culo. Un sinsentido del que, afortunadamente, supe escapar en el último minuto.
  2. Mi nombre. Tengo una amiga que llama a sus padres por sus nombres de pila porque ellos le enseñaron que las personas siguen siendo personas independientemente de su ocupación, ya sea la de astronauta, sexadora de pollos o madre de Intrusos. A mí en realidad me gusta mucho que El Intruso me llame “mamá”, porque además es un cargo exclusivo a más no poder: nunca podrá llamar a nadie más así. También acepto que cuando voy al pediatra, a la guardería o al colegio me llamen “la mamá de El Intruso”, porque en esta vida hay que ser prácticos y no puedo pretender que la doctora o la maestra se aprendan los 40 nombres de los progenitores, y porque si de hecho estoy en esos lugares es por culpa de a causa de El Intruso: ahí él es el protagonista y yo no soy más que el apéndice que le acompaña porque así lo establecen las leyes de la naturaleza. Pero no dejo que el resto de gente me llame “mami” o “mamá” o “mamá de”. Igual que en el trabajo no quiero que me llamen “la chica de comunicación” o en la verdulería “la que siempre compra kilos de berenjenas” o en el bar “la tía que bebe cerveza como si no hubiera un mañana”. Y sobre todo y por encima de todo, no dejo que El Padre me llame así, porque madre ya tiene una, y desde luego no soy yo.
  3. Pequeñas cotidianeidades. Seguir tomando el café con leche delante de las noticias, ducharme por la mañana aunque haya sido la noche más toledana de la historia, pintarme las uñas, pedir sushi para cenar, tomar un vermut de Bitter Kas y berberechos, ver las fotogalerías de los Oscar y criticar los looks como si fuera tertuliana de Cazamariposas, comprar una revista-de-encefalograma-plano cada vez que piso un aeropuerto, bailar mientras tiendo la ropa, llorar en el probador cada vez que llega el verano y tengo que comprarme un bikini, soñar con Hugh Jackman, soñar con un ático en París… Parecerá una chorrada, pero mantener esas pequeñas cosas de mi vida a.C. (antes de El Intruso) ha sido como un masaje para mis chakras.
  4. Trabajo. Confieso que lo pasé muy mal cuando me reincorporé al mundo laboral tras la baja de maternidad, principalmente porque coincidió con que cambiaba de trabajo y el estrés de dejar a El Intruso a cargo de otra, unido al de un nuevo sitio con nueva gente, nuevas responsabilidades y nuevos retos, casi pudo conmigo. Pero me gusta mucho trabajar, siempre me ha gustado y además creo que mantiene en forma las pocas neuronas que la malvada naturaleza decidió otorgarme. Y además me permite relacionarme con personas de más de un metro de altura.
  5. El humor. Los que me conocen saben que soy una mujer del Mediterráneo con aspecto de nórdica y alma de flamenca, que me lo tomo todo tan a pecho que mi corazón entona un cante jondo sólo de ver que el semáforo se pone rojo y no llego a tiempo para cruzar. Pero esa actitud de chalada emocional ante la vida tiene también su lado bueno, y he adoptado una pose de drama queen de la maternidad que me ha ayudado a encauzar con bastante buen humor las noches en vela, las vomitonas día-sí día también, el estrés del quiero-y-no-puedo llegar a todo y las conversaciones con un Intruso que invariablemente no me quiere, no quiere besarme y no quiere que vaya a buscarle a la guardería. Opté por exponerlo y compartirlo porque reírse de una misma es la mejor terapia que existe. Y encima sale gratis.

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